La gente que vive en pareja es más sana que la que lo hace sola. No es un decir, así lo explica un estudio de la Universidad de Valencia publicado en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, según el cual la convivencia tiene un efecto beneficioso para nuestra salud mental y física.

Si te encuentras en ese punto en el que tus ingresos son cuantiosos y seguros, no te apetece vivir por tu cuenta, pero tampoco con compañeros, y tu relación nunca ha sido más sólida, tal vez quieras lanzarte a la terapia natural (y experimental) de la vida en pareja.

En este caso, cuidado. No te fíes de los típicos consejos (que si el espacio personal o las cuentas conjuntas) y lee atentamente todo lo que te va a pasar en las próximas semanas, meses y, si todo va bien, años.

La confianza da asco: mito. ¿Recuerdas aquel capítulo de Cómo conocí a vuestra madre en el que Barney Stinson salía cada noche al portal de casa para poder liberar un gas lejos de su prometida, Quinn? Sí, así es al principio.

Aunque os hayáis visto desnudos y conozcáis todos los secretos el uno del otro, el momento de la ventosidad es crucial y no llegará tan fácilmente. La liberación definitiva de la flatulencia puede darse de dos modos: tras una conversación seria sobre el tema, o tras un desafortunado accidente que abra la veda.

Los variables conceptos de orden y limpieza: verdad. Ese pan de molde caducado desde hace una semana que no te comerías ni aunque te pagaran, él lo engulle como si fuera caviar porque, si huele bien, está perfecto. Tu modesta colada semanal se multiplica por tres porque él mete hasta las deportivas en la lavadora. El problema se solventa con el fenómeno de la quijotización: el escrupuloso tenderá a hacerse más pasota y el pasota, a ser un poco más organizado.

Ahora que vivimos juntos, ¡sexo diario!: mito. Ver cada día a una persona no provoca más deseo sexual, aunque tampoco menos. Lo que pasa es que ahora no solo compartís las alegrías, sino también las penas, y cuando llevas más de ocho horas trabajando fuera de casa, cuando hace tanto calor que sudas quieto o cuando te das un atracón y un mínimo movimiento te haría vomitar, lo último que te apetece es una sesión de gimnasia.

Esto no es malo, solo es diferente. La intimidad deja de ser meramente física para evolucionar a una emocional en la que caben charlas, mimos y maratones de vuestras series y películas preferidas.

Duermes en una esquina de la cama cuando estás solo: verdad. Dormir constituye uno de los actos más egoístas que existen: cada uno tiene sus manías y sus vicios. Para unos el silencio es clave para descansar, para otros lo es una iluminación adecuada y muchos son fieles a su visita nocturna al baño.

No es raro, pues, que se generen discusiones en el lecho común. Puede que haya días en los que desees dormir en soledad. Pero cuando esa soledad llega, echas en falta cada ronquido, cada patada y cada visita al baño, y te acurrucas en tu lado de la cama, dejando un hueco libre para fantasear con que estás en la mejor compañía.movie-review-photo-_-the-break-up-screen-savor

¿Discusión? A dormir al sofá: mito. No te voy a engañar, la primera etapa de convivencia está repleta de pruebas y no te librarás de un par de broncas peliagudas. Ahora bien, una vez hayas superado la gran pelea del primer mes (en la que llegas a replantearte si funcionará o si ha sido un error) todo irá como la seda. Limar asperezas no será un drama que obligue a nadie a dormir en el sofá. Aprenderás a sobrellevar los desacuerdos sin prescindir de terminar el día junto a la persona que quieres.