Huele a café tostado y a especias fuertes, una mezcla entre azafrán y curry.  Los lugares más turísticos están llenos de cerámica tintada, lámparas de cristal, cachimbas tradicionales (o narguile) y algún té de manzana agridulce.  Lejos de las grandes ciudades, la mitología se vive desde sus entrañas, los dioses griegos y romanos se funden con una cultura islámica que adquiere, a su vez, rasgos occidentales. Ahora el país es una explosión de raíces donde la gente tiene algo distinto en la mirada, quizá más profundo.

Existen varias rutas para conocer Turquía en 15 días, una semana o incluso menos tiempo y el precio depende de viajar en grupo o no, llevar un guía o abarcar más o menos territorio. En cualquier caso, hay lugares imprescindibles: es el caso de Estambul, una ciudad a caballo entre Europa y Asia, en la que crecen maravillas como Santa Sofía, una antigua basílica ortodoxa (aunque de 1204 a 1261 fue una catedral católica de rito latino). Tras la Conquista de Constantinopla por el Imperio Otomano (1453), se transformó en mezquita y desde 1935 es un museo que guarda un gran respeto por la religión. Desde dentro, Santa Sofía da la sensación de ser una mujer gigante a la que todo hombre desea.

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La Mezquita Azul o La Mezquita Soliman El Magnifico se inspiraron en ella, ya que fue el principio de una tendencia que se consolidó y ya forma parte de sus cimientos. Pero las mezquitas no son la única reliquia de Estambul, porque en el Gran Bazar y en el Bazar de las Especias (donde además de especias de todo tipo, también puedes probar unos dulces deliciosos) también se respiran costumbres arraigadas como el regateo y técnicas artesanales por las que merece la pena pagar.

El hecho de que Estambul se haya convertido en un centro turístico, no le resta importancia ni curiosidad a ninguna actividad. El crucero por el Bosforo, por ejemplo, es algo que todo viajero debería hacer, al igual que el recorrido por el Palacio Topkapi o la visita al antiguo Hipódomo. En la primera capital del Imperio Otomano, Bursa, destacan la Mezquita Grande y el Mausoleo pero, sin duda, una de las paradas más sorprendentes de Turquía es la Capadocia. La región central de Anatolia formada por un paisaje de chimeneas de hadas, un auténtico fenómeno de la naturaleza. Para los más intrépidos es esencial subir en globo y disfrutar del Valle de los Monjes porque parece que estés sobrevolando otro planeta.

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No tienes por qué perderte nada, pero si prefieres el relax a la aventura, las piscinas naturales de Pamukkale (castillo de algodón en turco) son tu mejor opción. Se denomina así porque las cascadas que caen desde las piscinas truenan y salpican hasta que, desde lejos, el humo que se forma parece un gran castillo de algodón. Los orígenes grecorromanos y el famoso templo de Artemisa (una de las siete maravillas del mundo antiguo) se encuentran en Éfeso, un lugar en ruinas plagado de leyendas.

Solo son pequeñas pinceladas de un país digno de visitar por su energía, por ser el epicentro de la magia y el color. Viajar a Turquía es una experiencia imperdible que consiste en descubrir uno de los rincones con más trasfondo del mundo entero.

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Fotografía por: Eugenia Soler