David Karnauch se sacó una selfie en lo alto del puente de Brooklyn, no pudo resistirse a subirla a Instagram y entre like y like se ganó la desaconsejable enemistad del Comisario de Inteligencia y Antiterrorismo de Nueva York. Sí, es cierto que un palo selfie salvó a una joven de ahogarse, pero este parece ser uno de los pocos casos en los que esta moda ha significado algo trascendente para la humanidad.

Resulta enervante entrar en las redes sociales y observar que todos tus amigos -tanto con los que quedas como con los que no- ríen pletóricos en la playa, montaña u hotel de no sé dónde, mientras tú trabajas, muerto del asco, o simplemente estás veraneando en el pueblo sin grandes lujos.

Superada la lógica envidia inicial, cabe preguntarse por qué desperdician su tiempo libre inmortalizando lo que deberían estar comiendo, fotografiando a bebés a los que se les ha privado el derecho al anonimato, o compartiendo un romántico beso con el mundo en lugar de reservarlo en la intimidad. ¿Egolatría, inseguridad, arrogancia o, puede, simple documentalismo?

Hasta hace relativamente poco, la fotografía vivía para documentar cómo fuimos, dónde estuvimos o cómo nos sentimos en una determinada ocasión, ejerciendo como una especie de cápsula del tiempo, y se le otorga la magia de eternizar los recuerdos. Ese álbum personal, sin embargo, se ha convertido en público. Seguimos queriendo mantener las memorias de nuestros viajes para la posteridad, pero hemos caído en lo banal al perpetuar también las tardes de café, las noches de borrachera o una dura mañana de estudio en la biblioteca y lanzarlo al mundo como si fuera un hecho irrepetible. Ya vaticinó Andy Warhol que en el futuro cualquiera podría contar con sus quince minutos de fama.

El escritor Emilio Lezama cree que a pesar de que la selfie se conciba “como una herramienta de empoderamiento, vano narcisismo o como un grito desesperado de ayuda hacia el vacío de la aldea digital”, lo cierto es que “no es simplemente que el individuo quiera presumir ‘la perfección’ de su vida a los demás, es que él mismo quiere creer en su propia invención. La selfie le permite adecuar la realidad a sus propias expectativas”.gtres_u287470_006

Suscribe esta teoría la psicóloga Dominique Karahanian: “Las redes sociales se han ido convirtiendo en parte fundamental de la construcción de nuestra identidad. […] Tomarse una selfie y editarla con filtros para verse lo mejor posible, esperando el feedback de otros, opera como un espejo de cómo los demás me perciben y, por tanto, me aceptan. […] La búsqueda de la identidad, muchas veces, opera de manera frenética, a veces errática y ansiosa, por lo tanto, si no recibo retroalimentación de los otros, y mi identidad aún no está del todo configurada, posiblemente me sienta menos valorado”.

Entonces, ¿somos narcisistas o somos inseguros? Puede que un poco o un mucho de ambas. Hemos olvidado cómo ser felices si los demás no saben que lo somos, y no nos gusta que los otros hagan más viajes, vayan a mejores bares o tengan ropa más cara que nosotros. Las redes sociales nos meten en una competición en la que todos perdemos amor propio y privacidad. Pero la escopofilia y el egoísmo inherentes al ser humano nos obligan a seguir mirando lo que hacen los demás, algo que se vuelve más divertido criticando y comparando obsesivamente. No hay nada más íntimo que nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, pero hoy son públicos y carentes de significado, mientras nosotros nos estamos transformando en actores de un escenario insustancial.