Tenerife nació del Teide y del contraste. Su norte es verde y escarpado y su sur luce árido y liso. Tenerife no puede presumir de las arenas rubias por las que suspiran los turistas. Como isla volcánica que es, sus playas son oscuras y su arena metálica se adhiere a los imanes de la misma forma que la isla entera se pega a quien la visita.

La isla posee una de esas bellezas discretas que sus habitantes y algunos de sus invitados son incapaces de eludir. Una de las joyas naturales que alberga es las playas de Taganana, Almáciga y Benijo, en la zona de Anaga. Se han convertido en un paraíso para los surferos por sus grandes olas. La orilla queda reservada para aquellos que solo desean darse un chapuzón. Para llegar hasta ellas es necesario recorrer una carretera pegada al barranco, pero la meta vale la pena.

También del oleaje vive La Tejita, en el sur. Más castaña que negra, está separada de la playa del Médano por la Montaña Roja. Los fuertes vientos de ambas son perfectos para practicar windsurf y waveriding, o bien para dejarte revolcar por las olas los días en los que el mar está relativamente calmo.

Playa de Taganana / Daniel Morales

Playa de Taganana / Daniel Morales

La Playa de Masca es bastante menos accesible que todas las anteriores. Solo se puede llegar de dos maneras: en barco o tras una caminata de varias horas. La opción más divertida es la segunda. Comienza en el caserío de Masca, al que se accede conduciendo por una estrecha carretera que no todo el mundo se atreve a abordar.

A partir de aquí, quedan inauguradas unas tres horas de excursión por el barranco, pasando por riachuelos, esquivando cientos de libélulas y atravesando un tramo por el que tendrás que sujetarte a una cuerda para no caer al precipicio (no apto para personas con vértigo). La playa es un secreto de gravilla que guarda los acantilados de Los Gigantes.

Para regresar sin tener que tomar el sendero, un barquito te conduce hasta el pueblo de Los Gigantes, que cuenta también con su propia playa. Se trata de una peligrosa, porque cada poco sufre desprendimientos, pero cuenta con una de las vistas más impresionantes de toda la isla: la de los acantilados de Los Gigantes, que no llevan ese nombre por casualidad.

Como dos últimas curiosidades, Tenerife también piensa en los dueños de perros y en quienes conciben la arena como una incomodidad. Los primeros pueden llevar a sus mascotas a una playa del pueblo de Güimar especialmente adaptada para ello, y al Confital, de nuevo en el Médano, un híbrido entre playa y puerto. Los segundos deben acudir, casi de manera obligatoria, a las piscinas naturales de Garachico -el pueblo que aparece en A todo gas 6. Entre las rocas podrás colocar tu toalla y compartir el agua turquesa con los cangrejos y los peces que pasan allí los días.