Hay una pared blanca llena de letras naranjas, azules y negras. Una pared que bien podría ser una de esas pizarras en las que cada uno anota en un rincón un pensamiento fugaz, una frase que lleva días repitiendo o aquello que siente en un momento cualquiera. Nos encontramos en la Nave 73, una de las múltiples salas de teatro que se salpican entre las calles de Madrid. Un lugar para crear y experimentar, y en el que hablar de cualquier tema es posible.

Ruth Gabriel nos espera sentada en una de las mesas que hay justo debajo, ajena a todas las palabras que desfilan por encima de su cabeza. Aunque sus inicios fueron en televisión, Días contados, la película dirigida por Imanol Uribe, la coló, con solo diecinueve años, en un mundo de adultos y le valió su primer Goya. Bandolera, Una vida robada y, ahora, La casa de Bernarda Alba son solo algunos de los trabajos que la han llevado a convertirse en una de las actrices españolas más polifacéticas.

¿Qué recuerdas de aquellos años?

Era muy pequeñita y no tengo mucho recuerdos, solo cosas sueltas. Mi padre estuvo trabajando en una compañía de teatro infantil y sacaba a los niños al escenario. Me llevaba a mí de comodín porque muchas veces les daba vergüenza salir. Mi labor era salvarles la función, actuar…

¿De aquí vinieron tus ganas de ser actriz?

Probablemente. Yo siempre he dicho que me siento muy tradicional, he hecho lo que hacen mis padres: actuar y escribir. Escribo poesía, tengo algunos poemas premiados, pero no me considero escritora. Para mí ser escritora o escritor requiere disciplina y una vocación que no tengo. Para mí es una necesidad puntual.

¿Sobre qué sientes la necesidad de escribir?

Para mí la escritura es investigación personal. Cuando preparo los personajes que voy a interpretar tengo cuadernos en los que escribo sobre ellos, indago en sus vidas, escribo como si fuera uno de ellos. También depende del impulso, a veces escribo por necesidad…

Ruth Gabriel by Eugenia Soler

Es una manera curiosa de indagar en los personajes.

Hay tantas maneras de acercarte a un personaje… Uno a veces quiere probarlas todas y no todas funcionan. Cada papel tiene unas necesidades: algunos te piden mucha animalidad, otros requieren un trabajo más intelectual.

Y en La casa de Bernarda Alba, ¿animalidad o un trabajo más intelectual?

Puncia es pura tierra. Claro que hay una vida interior, pero en mi caso no podía ser muy intelectual. Tiene la sabiduría de la tierra, de esas señoras que sabían lo que le pasaba a alguien con solo mirarlo.

¿Qué personaje te ha permitido un trabajo más filosófico?

No es exáctamente filosófico, pero el que más me ha permitido jugar es un personaje que se llama Andrea en una película de hace años, A tres bandas, con Imanol Arias, Fran Conero… Era una chica muy joven, de 21 años, que se buscaba la vida. Un día el director me dijo que era la típica chica a la que le gustaba escuchar Led Zeppelin y pasar tiempo con los cascos puestos. Me di cuenta de que aunque por fuera intentaba sobrevivir, Andrea podía tener una vida interior muy rica y eso me daba mucho juego para escribir. Elaboré un montón de textos que quizá podría haber escrito ella, cosa que nunca sabremos, pero que me servía para imaginar todo lo que podía tener ella dentro.

Y después de todo, ¿no te has planteado escribir teatro?

La prosa todavía me intimida mucho porque no soy capaz de indagar y crear personajes que sean ajenos a mi. Cuando interpreto me puedo transportar a cualquier lado, puedo no tener nada en común con Poncia y llegar a parecerme a ella sobre el escenario, pero al escribir… me salen falsos, no tengo la capacidad como escritora de crear un personaje totalmente ajeno a mí.

Esos personajes tan llenos de matices, ¿los más complejos y los que más te atraen?

En realidad que te atraigan se fundamenta en dos cosas: un buen guión y una buena dirección. Por muy alucinantes que sean las cosas que nos están contando, tienen que estar bien escritas. Con algo bien escrito es fácil dejarse llevar. Cuando hay problemas de guión o de dramaturgia tienes que sacar cosas de donde no hay, inventarte, rellenar… A todo se llega con una buena dirección, alguien que tenga claro cómo quiere contar las cosas y sepa hacerlo.

Supongo que con un buen guión el medio (televisión, cine o teatro) es lo de menos

La interpretación es toda mi vida: nací en el teatro, toda mi infancia fue televisión y mi adolescencia el cine. Estoy ahora en ese punto de mezclar todas con lo que he aprendido con cada una de ellas. En televisión necesitas velocidad de reacción, ser muy rápido a la hora de resolver las escenas. Luego puedes hacer teatro y disfrutar del proceso de ralentizar, empezar a jugar, disfrutar más de todo lo aprendido. El cine también me fascina, te permite jugar con planos y dimensiones completamente distintas.

Ruth Interior

Al final cada cosa tiene sus puntos, momentos y emociones.

Lo bueno es poder vivirlo todo, es un privilegio.

Con 18 años estrenaste tu primera película que te valió un premio Goya, porque supongo que es una satisfacción enorme y felicidad…

Me sentí bienvenida en la profesión. Me resulta difícil incluso a día de hoy rellenar papeles y poner de profesión “actriz”. Lo que he vivido en la época de mis padres, mi padre decía con orgullo que era actor pero a mí me daba cierta vergüenza… Y de pronto lo decían compañeros, la Academia, me daban permiso de llamarle compañeros.

¿En ese momento nace Ruth Gabriel?

Gabriel es mi segundo nombre. Cuando trabajaba en Barrio Sésamo todos los personajes se llamaban igual que los niños que los interpretaban. Así que me quedé con Ruth, la de Barrio Sésamo. En la adolescencia quería quitarme esa coletilla, no se liga siendo la amiga de Espinete. Pero todo empezó cuando me fui a Estados Unidos y comencé a decirle a todo el mundo que me llamaba Gabriel. Al volver a España tenía claro que no quería perder esa parte de mi identidad, pero tampoco tener un nombre tan largo como Ruth Gabriel Sánchez… así que tomé mi segundo nombre como apellido.

¿Cómo fue la experiencia en Estados Unidos y Florencia?

Con Estados Unidos he tenido más relación. Fui con 14 años y fue duro estar sin mis padres a esa edad. Tenía que responsabilizarme de todo, pero era muy pequeña. Lo cierto es que fue decisión mía, no me obligó nadie. Luego tocó Florencia. Mi madre estaba escribiendo una ópera de Oscar Wilde y aquel era el mejor lugar para encontrar la inspiración. Me quedé abrumada con tanta belleza. Empecé a ensayar en el coro del Duomo, como soprano. Estudiaba teatro contemporáneo y también teatro clásico italiano, muy complicado y distinto al nuestro.

Has contado en alguna ocasión que descubriste que querías ser actriz cuando viste El estanque dorado.

El impulso de ser actriz lo he tenido desde pequeña. Mi hermano vivió lo mismo que yo, y él no quiere saber nada del tema. Recuerdo que de pequeña vi trabajar a Maruchi Fresno y me quedé fascinada sin saber muy bien por qué. Con el tiempo lo fui elaborando y vi que había grandeza, dignidad y elegancia en cada movimiento, en cada frase. Pero realmente fue viendo a Katherine Hepburn en El estanque dorado cuando descubrí que yo quería ser así, dar esta vida, ese brillo, la libertad que me manifestaba… Es mágica.

Fotos de Eugenia Soler