Decoración, moda, belleza y arte son conceptos que han estado unidos a lo largo y ancho de la historia de la humanidad. El arte es la palabra que mejor representa a las demás y no significa “morirse de frío”, sino expresar las condiciones de un época, con sus creencias, su forma de vida y sus correspondientes limitaciones. Pero ¿estas manifestaciones pueden ser funcionales? Y si lo fueran… ¿perderían una parte de su valor? La exposición titulada El gusto moderno. Art déco en París, de 1910 a 1935 desmiente este absurdo cliché.

Es la primera vez que se plantea una muestra de Art déco en España, una iniciativa que promueve la Fundación Juan March en su centro de Madrid hasta el próximo 28 de junio y de forma gratuita. La exposición alberga pintura, escultura, moda, fotografía, joyería, perfumería, cine, arquitectura, revistas y miles de objetos realizados de forma sorprendente, hay alguno hecho con piel de tiburón. Además de su horario normal –de lunes a sábado desde las 11:00 horas hasta las 22:00 horas y domingos de 10:00 horas a 14:00 horas– se organizan visitas guiadas gratuitas (también en inglés).

El Art Déco se cultivó entre algodones poco antes de la Primera Guerra Mundial, un periodo en el que la mujer dejó de lado el corsé y el cubismo se volvió imprescindible. Después del gran estanque creativo de la guerra, llegaron los años 20 y el arte decorativo pasó a ser sinónimo de innovación y cambio. Esto fue posible gracias a la creación de varios “productos” con una calidad sublime y la incorporación de materiales exóticos. Aunque no dejaron de ser “productos”, su repercusión fue tal que pudo competir con el mercado alemán, bueno bonito y barato.

art deco juan march

Fuera de las fronteras francesas, el Art Déco de París era un boom que todo el mundo quería imitar. Poco a poco, el colonialismo de los 30 trajo consigo nuevas culturas y tendencias e hizo que esta vertiente del arte se volcara en proyectos todavía más modernos. Después de todo, se dice de este tipo de arte que nunca morirá porque contribuye a que París sea conocida como la ciudad de la luz, el refinamiento y el savoir faire.

Existen, pero cada vez hay menos artistas que trabajan de forma totalmente desinteresada por amor al arte. Esto sucede porque se mueven en una sociedad que consume más de lo que disfruta. Pero no arriesgarse a morir de frío no quiere decir que el arte práctico y funcional sea menos arte. Es, simplemente, otro punto de vista. En este caso, el día a día que lucieron los cuerpos y las estancias más lujosas de un París todavía efervescente.