Se escucha el ritmo de un piano o quizá de una trompeta, conversación intermitente y copas con atrezzo de colores, no no, mejor cerveza de distintos sabores o un cóctel de maracuyá. En pantalla dos protagonistas, generalmente hombre y mujer; él pertenece a algún tipo de corriente artística todavía por definir y ella es un ángel con flequillo, vestido pastel y sonrisa bonita, no excesivamente guapa, pero nadie puede discutir que es muy atractiva.

Impresionante el imán que tienen las cosas dulces e incomprensibles. En esta premisa se basa el cine conocido como naïf, una palabra que si no utilizas ya, tal vez deberías empezar a hacerlo. Su traducción literal del francés es “ingenuo” y ha creado un subgénero delicado, profundo y… sí, un poco indie. Pero de los auténticos, no de postureo. Es una forma de clasificar las películas alternativas cuyo director se rige por sus propias normas, basadas en la creatividad, el ingenio del contenido, un estilismo impecable y neutro. La tendencia francesa que reside en hacer sencillo lo complicado.

Es arriesgado clasificar las películas por géneros porque la mayoría de ellas se diseñan para ser únicas en su especie y hablar sin saber es pecado, pero sí que se puede argumentar desde una perspectiva romántica. ¿Lo romántico es naïf? Depende del nivel de romanticismo. La vertiente más comercial es el cine mumblecore, una mezcla entre amor y humor cuyo objetivo principal no es alcanzar el final feliz. Un claro ejemplo podría ser el film titulado Submarine de Richard Ayoade, que indaga en lo más profundo de la vida adolescente, o Drinking buddies de Joe Swanberg, una análisis sobre los límites de la amistad.

Disfrutar de este tipo de cine es como vivir un sueño en voz alta demasiado tiempo. Este es el caso del director Michel Gondry, un talento francés que camufla la realidad en sus películas a través de protagonistas tímidos que confunden el mundo en el que vivimos con los distintos episodios que sueña mientras duerme. El director de El Gran Hotel Budapest, Wes Anderson, también encaja en esta corriente tan exquisita, aunque la cumbre de la ternura naïf reside en el cine japonés de Kirokazu Kore-eda, que se abrió camino con Nuestra hermana menor en el último festival de Cannes. Esta última propuesta puede que sea demasiado extrema, aquí es donde intervienen las preferencias de cada uno, todo dependerá de lo naïf que puedas llegar a ser.

Es cuestión de rescatar y reconstruir porque todo vuelve y el cine es un gran amante del retorno. La improvisación, los planos largos, la estética del siglo pasado… Ahora está más claro cuál es el objetivo: atraer miradas, provocar comentarios y hechizar. Lo naïf no brilla por su sencillez, sino por su potencial, por su capacidad de emocionar y provocar confusión de forma simultánea.

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