Creía Platón que, en el origen, los humanos eran seres completos, andróginos, con dos cabezas y ocho extremidades. Cuando estos subieron al cielo para destronar a los dioses, Zeus terminó cortándoles en dos como castigo por su rebelión. De vuelta en la tierra, cada mitad buscaba a la otra desesperadamente. Trataban de encontrar a su alma gemela.

Hoy, ese concepto ideal del amor predestinado parece sólo el mito que en su día enunció el filósofo en El banquete. Lo desmiente también la teoría antropológica de la crisis del séptimo año: nuestros antepasados formaban pareja para cuidar a sus crías mientras necesitaban protección y alimento. Alrededor de los siete años, cuando el hijo o hija había aprendido a cuidarse solo, ya no era necesaria ningún tipo de unión -con la excepción de concebir más hijos-.

Las estadísticas de ruptura tampoco resultan esperanzadoras. En España, según datos del Instituto Nacional de Estadística, se registraron en 2013 más de 95.000 divorcios. Un estudio del Instituto IPSOS afirmó en 2014 que un 35% de los hombres y un 26% de las mujeres reconocían haber sido infieles a su cónyuge.

La crisis económica no sólo ha socavado las finanzas familiares desde 2008, también ha afectado a su situación sentimental. Según Christoph Kraemer, portavoz europeo de la web dedicada a affairs extramatrimoniales Ashley Madison, el aumento del paro genera más tiempo libre y ganas de evadirse de los problemas familiares, lo que lleva, sobre todo a hombres, a buscar distracciones fuera de casa.nunca-es-tarde-para-enamorarse-pelicula

La antropóloga y bióloga canadiense Helen Fisher, que lleva 30 años estudiando el amor desde la visión de la ciencia, propone una explicación a la infidelidad. Cuando nos enamoramos de una persona, se dan tres fenómenos en nuestro cerebro: el más inmediato es la lujuria, al que le sucede el amor romántico y, por último, el apego emocional. El deseo sexual inicial desaparece tan rápido como llega y, aunque el cariño continúa, los amantes son susceptibles de sentirse físicamente atraídos por otras personas.

Yang Shengzhong y Jin Jifen, una pareja de ancianos de 109 y 106 años, desafían cualquier estadística fatalista. Se casaron hace 90 años y no se han separado hasta la fecha. El caso de George Kirby y Doreen Luckie es algo más peculiar: de 103 y 91 años, conviven desde hace casi tres décadas, pero contrajeron matrimonio el pasado junio. La historia más emotiva la protagonizan Jeanette y Alexander Toczko, quienes se tomaron al pie de la letra la frase “hasta que la muerte nos separe”. Esta pareja de San Diego se conoció en la infancia y, días antes de su 75 aniversario, enfermó a la vez. Fallecieron con horas de diferencia, juntos y abrazados.

Por casos como estos y porque muchos siguen creyendo en ese amor platónico que asegura la existencia de un alma gemela, poco importan las cifras cuando nos convencemos, con mayor o menor acierto, de que queremos pasar la vida al lado de alguien. Nunca podremos estar seguros de que acertamos, pero sí tenemos la oportunidad de trabajar todo lo posible en el éxito. Para empezar, Nicholas Wolfinger, sociólogo del Instituto para Estudios de la Familia de Estados Unidos, ha explicado que la edad ideal para contraer matrimonio oscila entre los 28 y los 32 años, hasta el punto de disminuir las probabilidades de ruptura antes del lustro. El motivo reside en que, antes de los 28 no se está preparado para afrontar tal responsabilidad y, después de los 32, no se está predispuesto a ello.

Una vez embarcados en el compromiso, grandes dosis de tolerancia -ese apego del que hablaba Fisher- serán necesarias para sobrellevar los baches. Parece obvio que el deseo va perdiendo intensidad con el tiempo, pero existen mil maneras de renovar la vida sexual, y otros mil factores que compensan la balanza: la camaradería, el hecho de estar siempre atentos a los pequeños detalles o la simple sensación de seguridad que proporciona la confianza ciega en otra persona.